DISCURSO DEL MINISTRO GERARDO VARELA EN LA INUGURACIÓN DEL AÑO ACADÉMICO DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE

martes 24 de abril, 2018
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Quiero agradecer a las autoridades de la Universidad que me hayan conferido el honor de inaugurar el año académico de esta Casa de Estudios, que para mi no sólo es la principal y más antigua institución de enseñanza superior del país, sino que también mi alma mater. Aquí no sólo me formé yo, sino también lo hicieron mi padre y mi abuelo.

De esta manera, inaugurar el año académico de la Universidad de Chile representa un reencuentro con las mejores tradiciones del saber y, por supuesto, con una parte relevante de mi propia biografía. Mi abuelo desde Pio Nono, y mi padre desde Beauchef, observarían con orgullo a su hijo y a su nieto hablando a brillantes humanistas y a distinguidos académicos y científicos que honran la ciencia y el conocimiento en nuestro país.

En 1843, se inauguraba nuestra Universidad con un discurso de Andrés Bello donde situaba a Chile y a ésta casa de estudios como heredera del progreso de la civilización occidental. Y lo hacía con una pregunta retórica: ¿A qué se debe este progreso de civilización, esta ansia de mejoras sociales, esta sed de libertad?. Si queremos saberlo comparemos a la Europa y a nuestra afortunada América, con los sombríos imperios del Asia en que el despotismo hace pesar su cetro de hierro sobre cuellos encorvados de antemano por la ignorancia…”

Con el desarrollo de la humanidad y el conocimiento de la historia disponibles hoy, es más fácil responder esa pregunta, identificando cuatro fundamentos de una sociedad libre como la que disfrutamos en el mundo occidental. Estos ejes de la conducta humana son los que han permitido el florecimiento de las universidades como las conocemos y apreciamos, pero también han sido claves para el logro de mayores y mejores niveles de civilización, en un clima de libertad y dignidad de los seres humanos.

El primero tiene que ver con el gobierno de la razón y la ley.

No en vano, a nuestra universidad se le conoce como la casa de Bello. Fue la impronta de don Andrés; la que forjó el derecho privado en nuestro país, tanto como Diego Portales inspiró el derecho público.

Bello, un liberal y humanista; recogiendo la experiencia que hacía de Occidente el farol del progreso del mundo, identificó en el gobierno de las leyes y la razón, y no de los hombres y su voluntad, la causa de la libertad y prosperidad de las naciones.

Esto lo recogió en nuestro Código Civil, cuando señala que es en derechos de propiedad bien definidos y en la libre circulación de bienes donde descansa el desarrollo de un país.

Pero además, tuvo buen cuidado de proteger la libertad personal del capricho del soberano, al señalar en el artículo 19 que en la interpretación de una ley se debe preferir la letra de la misma sobre su espíritu: “cuando el sentido de una ley es claro no se desatenderá su tenor literal a pretexto de consultar su espíritu”. Esto porque en la ponderación de bienes jurídicos, prefirió la libertad sobre el poder y la certeza sobre la ambigüedad.

Esta norma reconoce la asimetría de partes entre el Estado todopoderoso, que legisla y tiene el monopolio de la fuerza física y el ciudadano privado indefenso, que no tiene otra arma para defenderse que la letra de la ley y la existencia de jueces independientes.

Así, nuestra libertad, democracia y prosperidad se construyen sobre el imperio de la racionalidad y por eso la interpretación de las leyes es un ejercicio de lógica de gramática y no de nigromancia.

Y por ello, también, la correcta aplicación e interpretación de las leyes requiere, necesariamente, la existencia de una cultura del conocimiento. En efecto, el Código de Bello establece que “cuando el sentido de la ley es claro, no se desatenderá su tenor literal, a pretexto de consultar su espíritu”.

Pero a continuación agrega: “Pero bien se puede, para interpretar una expresión obscura de la ley, recurrir a su intención o espíritu, claramente manifestados en ella misma, o en la historia fidedigna de su establecimiento”. Me pregunto y les pregunto: ¿cómo puede realizarse la indagación de la intención o espíritu de una ley si no contamos, como exige el propio Código Civil, con la historia fidedigna de su establecimiento?

La buena ley, en consecuencia, requiere necesariamente un entorno cultural de conocimiento y libertad, porque sin ellos las generaciones futuras no podrían entender o conocer los propósitos profundos de cada cuerpo normativo, que son esenciales, como hemos dicho, a la hora de aplicar la legislación a los casos concretos. Disciplinas como el Derecho, la Historia, la Economía y la Ciencia Política adquieren, en consecuencia, una interdependencia insoslayable en el Gobierno de la razón y la ley.

El segundo fundamento de una sociedad civilizada es el imperio de la libertad y la tolerancia, como oposición al servilismo y el prejuicio.

Decía Bello en su discurso ya citado que; “la libertad como contrapuesta por una parte, a la docilidad servil que lo recibe todo sin examen y por otra a la desarreglada licencia que se rebela contra la autoridad de la razón y contra los más puros instintos del corazón humano, será sin duda el tema de la Universidad en todas sus diferentes secciones.”

Por eso desde su fundación, esta Universidad ha sido la defensora de la libertad, pero muy en particular de la libertad de expresión y en su connotación académica, la libertad de cátedra. En estas aulas han convivido en paz y armonía; unidos por el hambre del saber, judíos y cristianos; ateos y creyentes; liberales y socialistas, conservadores y comunistas, en un ambiente de respeto, consideración y tolerancia, con escasas interrupciones a través de su historia.

Debemos estar siempre atentos a que la libertad se imponga sobre la intolerancia y la racionalidad sobre el dogma. La verdad surge de la confrontación de ideas. Nada más opuesto a esa confrontación que no escuchar a los que piensan distinto, ni oír argumentos o aceptar evidencia sino que quedarse en la superficialidad del prejuicio y la ideología.

En este sentido, pensamos que la libertad y la tolerancia son un requisito de existencia de las instituciones de educación superior y la unidad de medida para probarlo es que ellas sean representativas de todas las tendencias que coexisten en la sociedad chilena. Si postulamos que las universidades deben estar firmemente asentadas en la realidad social en que desarrollan su labor, es evidente que en ellas estarán presentes las distintas expresiones sociales y culturales del país.

El tercer concepto que está en la raíz del éxito de la cultura y la universidad en nuestra tradición occidental, es la aplicación del método científico.

La sociedad y las ciencias progresan a través de la formulación de hipótesis y su refutación o, en otras palabras, sobre la base del ensayo y el error. En una casa de estudios pública y laica, la verdad no nace por revelación; la verdad nace de la experimentación, del diálogo respetuoso, franco y sobretodo libre.

Abandonar el método científico tiene costos inconmensurables. Pensemos el retraso científico que, por ejemplo, sufrió Italia por la negativa de la Inquisición renacentista a aceptar los descubrimientos científicos; o la Unión Soviética en genética y biotecnología porque el régimen comunista negaba las leyes de la herencia de Mendel o las atrocidades cometidas por los nazis en nombre de una pseudociencia de supremacía racial.

El método científico por definición no descarta a priori a nada ni a nadie. En la búsqueda de la verdad, toda idea, experimento o argumento merece escucharse, analizarse y refutarse.

No nos callemos por temor ni callemos al resto por prejuicio.

Don Juan Gómez Millas nos recordaba que: “podemos dudar de muchas cosas, pero jamás de nuestro derecho a la duda”.

Finalmente, el secreto del éxito de la civilización occidental está en la colaboración del interés privado con el interés público. No son mundos opuestos sino que complementarios.

Pensemos solamente en qué sería de las matemáticas, las probabilidades o la teoría de los puntos, si los apostadores no hubieran animado a Galileo, Fibonacci, Fermat o al propio Pascal, a tratar de ganarle a la suerte en los juegos de azar, avanzando así la frontera del conocimiento.

Qué decir de millonarios como Andrew Carnegie y sus bibliotecas o Alfred Nobel cuyo genio científico y espíritu industrioso lo llevo a inventar la dinamita, para después legar su fortuna en honor a las ciencias. Cristóbal Colón, financiado por la corona española y animado por su curiosidad geográfica y su sed de riquezas descubrió América y con ello permitió nuestra propia existencia. O el propio Thomas Edison, el más prolífico inventor de todos los tiempos, que generó empresas millonarias a la vez que le mejoró la calidad de vida a la humanidad, inventando la ampolleta, desarrollando el alumbrado público o inventando el gramófono: que fue a la música lo que la imprenta a la literatura.

Hoy es la combinación de espíritu empresarial y conocimiento universitario que se unen para desarrollar tecnologías más amistosas con el medio ambiente, como las baterías de litio o la energía solar, o que mejoran nuestra forma de trabajar o comunicarnos como Microsoft, Google o Twitter.

El progreso yace en ese trabajo mancomunado entre la ciencia, la empresa y el Estado, que no se ahogan recíprocamente sino que se complementan.

Hay un debate que cada cierto tiempo emerge en algunos círculos intelectuales, consistente en tratar de determinar ¿qué mueve al mundo? o ¿cuáles son los principales incentivos por los que el Hombre busca y trabaja por el progreso científico?

Siendo realistas, al mundo y al progreso lo mueven múltiples fuerzas y diversas motivaciones. Cada una aportando lo suyo, coexistiendo y colaborando: La filantropía y el interés; los afanes de poder y el desprendimiento; el capitalismo y algunas sociedades subsistentes del socialismo; lo público y lo privado, las ciencias y el arte. Lo cierto es que al complejo y desafiante mundo de hoy lo mueven múltiples factores y visiones.

Por eso, no abandonemos lo que nos ha hecho grandes; no los demos por descontado y no bajemos los brazos, porque la libertad, la tolerancia y el imperio de la razón y la ley son una excepción en la historia de la humanidad y no la regla.

No quisiera terminar en la Universidad de Chile sin referirme a Emanuel Kant y dos máximas que me han inspirado en la vida.

La primera, que es muy relevante para los jóvenes es aquella que dice “nadie puede obligarnos a ser felices a su manera”. Esto los jóvenes lo tienen claro, pero muchos se olvidan cuando quieren imponer al resto su forma de ser felices.

Y el segundo díctum de Kant que dice “Tengan el coraje de usar su propia inteligencia”. Los seres humanos somos gregarios, vivimos

en comunidad, pero también somos individuos y nuestra inteligencia es individual. La intimidad de nuestros pensamientos es personal. Por eso atrévanse a usar su inteligencia.

En síntesis, lo que quisiera dejar como mensaje en esta, para mi, tan solemne ocasión, es la necesidad de entender que la tarea de la Universidad y, porque no decirlo, del país, nos requiere a todos.

Probablemente las mayores lecciones que las últimas décadas nos dejaron como sociedad son dos, ambas sencillas pero trascendentales:

La primera, es que nuestras diferencias requieren un sistema de solución de controversias fundado en el valor de la vida democrática y, la segunda, es que en Chile nos necesitamos todos, y no sobra nadie.

Quiero terminar pidiendo a mi universidad, como abogado de la Universidad de Chile, que ayude a su ex alumno en la muy difícil y compleja tarea de conducir el Ministerio de Educación de nuestro querido país.

Muchas gracias.