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Ilustración: Jimmy Scott - Gentileza de El Mercurio

Nicanor Parra: antipoesía y habla cotidiana.

No es un secreto para nadie que Raúl Ruiz –aquel gran cineasta chileno radicado en Francia– fue un admirador de Parra. Le dedicó personalmente Tres tristes tigres (1968), una de sus películas mayo-res, y reconoció abiertamente haber ocupado un ‘método parriano’ en la construcción de sus diálo-gos. Pero ¿qué entendía Ruiz por ‘lenguaje o método parriano’?

En parte, algo que Parra descubre y trabaja al interior del habla chilena, de la oralidad y sus formas, algo que nos aporta a la vez la posibilidad de un ‘entendimiento’ y de un ‘malentendimien-to’, de la comunicación y también de la sordera. Dice Ruiz: “El [idioma] español tiene la particular-dad de que permite jugar con las ambigüedades. La estructura de la lengua permite crear una espe-cie de no man’s land (tierra de nadie). Tiene que ver con el funcionamiento de la sintaxis que crea po-lisemias, efectos de autorreferencia o simplemente sinsentidos. Y el habla chilena acentúa inmensa-mente ese efecto” (UDP, Ruiz. Entrevistas escogidas, p.73).

Sabemos que Parra concibe su (anti)poesía como una ‘montaña rusa’, como un viaje hecho de subidas y bajadas, de vueltas de campana y lances al abismo, de panorámicas que se abren y de abrumadores golpes de tierra; un invitación, al fin, que no habría que aceptar sin pensárselo dos ve-ces: «Suban, si les parece/ Claro que yo no respondo si bajan/ Echando sangre por boca y narices». Se ve, entonces, lo que Ruiz lee en Parra: la posibilidad de trabajar la palabra en un nivel ajeno a los ‘significados puros’, perfectamente claros y bien delimitados, y de abrirse a lo que podríamos lla-mar la experiencia ‘hipnótica’ del habla cotidiana, una experiencia donde surgen las volteretas y las contradicciones y donde todo se pone un poco de cabeza, pero precisamente por eso un lugar rico y fértil para la creación artística, distanciado de aquello que más daña a una obra: el cierre, la inmóvi-lidad, la seriedad.

Porque Parra ríe, y lo hace en primer lugar porque el habla cotidiana, en sí, sabe hacerlo muy bien. ¡Cuántas confusiones y sobreentendidos existen en una conversación cualquiera en los pasillos de un colegio o de una oficina chilena! Parra –sabemos– está escasamente interesado en los poetas que escriben en y sobre el Olimpo (al igual que Rodrigo Lira, otro gran antipoeta nacional), y desconfía fuertemente de toda pretensión de originalidad y grandeza en la palabra poética: «Ya no me queda nada por decir/ Todo lo que tenía que decir/ Ha sido dicho no sé cuántas veces». En esto, los versos de Parra son muy claros: un antipoeta no es quien escribe olvidando la tradición poética que le antecede (como si se hubiera golpeado en la cabeza y la hubiera súbitamente olvidado), sino quien escribe considerándola como un hecho consumado, como algo que ya tuvo lugar y que obliga a actuar en un ambiente muy diferente: más lejos de la ‘palabra hinchada’ del pequeño dios, y más cerca de la ‘palabra preñada y creadora’ del común de los mortales. Dice Parra: «Para nuestros ma-yores/ La poesía fue un objeto de lujo/ Pero para nosotros/ Es un artículo de primera necesidad:/ No podemos vivir sin poesía». Hacer caer la falsa pantalla que divide la palabra simple de la palabra elevada, la palabra ‘falsa’ de la palabra ‘verdadera’: por ahí van las cosas cuando hablamos de anti-poesía. Después de todo, «En el jardín hay no sólo verdad/ Sino su poco de mentira».

¿Cuáles son, entonces, las volteretas de montaña rusa del habla cotidiana de Nicanor Parra? Veamos algunos ejemplos, que Ruiz celebraría ampliamente: «Pido perdón a diestra y siniestra/ Pe-ro no me declaro culpable»; «Cuidado, todos mentimos/ Pero yo digo la verdad»; «Me declaro faná-tico total/ eso sí que no me identifico con nada»; y por último: «Cómo va a ser de noche si es de día/ Cómo va a ser de día si es de noche/ ¿Creen que están hablando con un loco?».

Al igual que las ‘instrucciones’ de Julio Cortázar, los poemas de Parra nos esperan llenos de juegos, de gestos osados e inauditos, y recorrerlos es descubrir una y otra vez que «El saber y la risa se confunden». De momento, los dejamos con “Test”, un poema que moviliza una forma cotidiana y ‘objetiva’ de medición de conocimientos en favor del absurdo y la poesía.

TEST

Qué es un antipoeta:
un comerciante en urnas y ataúdes?
un sacerdote que no cree en nada?
un general que duda de sí mismo?
un vagabundo que se ríe de todo
hasta de la vejez y de la muerte?
un interlocutor de mal carácter?
un bailarín al borde del abismo?
un narciso que ama a todo el mundo?
un bromista sangriento deliberadamente miserable?
un poeta que duerme en una silla?
un alquimista de los tiempos modernos?
un revolucionario de bolsillo?
un pequeño burgués?
un charlatán?
un dios?
un inocente?
un aldeano de Santiago de Chile?

Subraye la frase que considere correcta.

Qué es la antipoesía: un temporal en una taza de té?
una mancha de nieve en una roca?
un azafate lleno de excrementos humanos
como lo cree el padre Salvatierra?
un espejo que dice la verdad?
un bofetón al rostro
del Presidente de la Sociedad de Escritores?
(Dios lo tenga en su santo reino)
una advertencia a los poetas jóvenes?
un ataúd a chorro?
un ataúd a fuerza centrífuga?
un ataúd a gas de parafina?
una capilla ardiente sin difunto?

Marque con una cruz
la definición que considere correcta.